Así lo vió y lo vivió

Reconozco que tengo un nudo en el alma. Acabo de terminar de leer por tercera vez el artículo «Maldito descuido…» de la sección «Así lo ví» del número 192 de la revista «Tráfico y Seguridad Vial». Un agente de la Agrupación de Tráfico de la Guardia Civil relata un accidente que vivió hace 8 años. El propio agente asegura: «he vivido muchos más accidentes, pero siempre hay alguno que convive contigo para siempre». Os lo reproduzco íntegro. Por favor no dejéis de leerlo, es un relato que indiscutiblemente crea conciencia.

(Este relato sucedió hace ya 8 años, cuando el autor estaba destinado en la Agrupación de Tráfico de la Guardia Civil de Alfajarín y plasma el trabajo y el sentimiento de la Guardia Civil. Además, como el autor dice, «he vivido muchos más accidentes, pero siempre hay alguno que convive contigo para siempre»).

Tenía servicio en moto a las 8:00. A las 05:45, el jefe de pareja, buen compañero y veterano en Trafico, como hacía bueno, me consultó si me parecía bien salir. Respondí afirmativamente. Comprobé moto y material… Todo correcto. Aún oscuro, comenzamos a circular. Pensaba en la discusión con la mujer, el fresco que hacía, la de camiones que hay siempre en la N-II… Aún así, miraba los vehículos: cinturón correcto, nadie distraído, alumbrado en condiciones, todo bien… De repente, un camión empezó un adelantamiento. No acabaría bien, se incorporaría en un prohibido adelantar y circuló por él 300 metros, demasiados… Mi compañero le paró, pidió la documentación al conductor y le explicó que sería denunciado. Yo, detrás, vigilaba la N-II… Mientras recibía mil disculpas y lamentaciones, sonó la radio: «Accidente grave en cruce de Pina de Ebro, km 361, informen».

Mi compañero dijo que me adelantara… Parecía una escena del Líbano. Lo primero que ví era lo que quedaba de un «BX» Blanco. Se adivinaban dos bultos inertes en los asientos delanteros. El encargado de mantenimiento de la carretera dijo tembloroso: «Están muertos». «Ocupémonos de los vivos», contesté. Más allá, dos trailer de 40 Tm. habían colisionado frontalmente. Ambos carriles estaban cortados. Miré los bultos: dos adultos, oscurecidos, como quemados, los asientos recostados. Se adivinaba el horror… Un camionero aullaba de dolor. «¡Sácame de aquí, Guardia, por Dios!» Pregunté al otro camionero. «Me duele, pero puedo aguantar. Sólo quiero que nos saquen».

El turismo posiblemente adelantó en la bajada, sin darse cuenta de que un camión -que le pasó literalmente por encima- ocupaba el carril. Éste perdió el control y chocó frontalmente con el otro. Fui a la radio: «Colisión múltiple, al menos 2 fallecidos y 2 heridos graves. Solicito equipo de excarcelación y UVI móvil. Avise al equipo de Atestados y parejas de refuerzo. Circulación en ambos sentidos cortada. Avise en paneles de la Ronda, que circulación sólo es posible por autopista de peaje AP-2».

Alguien me dice: «Soy el conductor al que adelantaba el Citroën. Me pareció que había tres cabezas: falta alguien». Forzamos la puerta trasera. En el hueco de los asientos se adivinaba un cuerpo. ¡Era un niña! Me fijé en un estuche de ositos junto a la cabeza, y de repente noté un espasmo: «¡Está viva!», grité.

Se ahogaba. Traté de recordar lo aprendido en el curso de Socorrismo. Entre todos la pusimos en la calzada. Con su nuca hacia atrás, traté de despejar las vías aéreas. De su boca saqué un coágulo de sangre. Cogí su mano, hablé, le pedí que aguantara, que la ayuda estaba cerca… Mi compañero me abrazó, preguntó por ella («está mal») y me dijo que siguiera allí… Él se encargaba…

Seguí contándole cosas, retiré el pelo de sus ojos (¡cuánta sangre!), respiraba muy mal: ¿Dónde está la ambulancia? Resiste, por lo que más quieras…

No se el tiempo que pasó. Clareaba y oía sirenas («la UVI, por fin»). De fondo oí gritar al camionero. La niña gimió y un coágulo de sangre salió de su boca. El médico la examinó: «Nada que hacer…» Dejé su mano en el asfalto y me despedí al oído.

Los bomberos habían excarcelado a los camioneros… Llegaron más parejas y el Teniente del destacamento. Vió el uniforme manchado de sangre y nos mandó a cambiarnos y tomar café. Él se quedó regulando… Un hombre, el de un camión, se acercó: «No sabía que eran ustedes tan humanos, que son personas como nosotros…» Me tendió la mano. Se la dí sin decir nada. Me puse el casco y di la vuelta a la moto con la mente en blanco. Me cambié y tomé café con mi compañero sin hablarnos: ambos habíamos pasado desgracias peores, pero aquella niña…-José A. Caro. El Molar (Madrid).

Fuente: Revista «Tráfico y Seguridad Vial». Edición número 192. Septiembre-Octubre de 2008.

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