Docencia vocacional

Querida Milagros: Sabes que soy un docente vocacional. Ponerme delante de un grupo de personas y transmitirles mi poco o mucho conocimiento es algo que me gusta por encima de cualquier otra cosa. Habrás oido en más de una ocasión como mis padres recuerdan (yo también) como con pocos años de edad jugaba a ponerme ejercicios en una libreta, para luego hacerlos y más tarde corregirlos y calificarlos. Yo de mayor no quería ser artista, quería ser maestro, y la Informática en parte me ayudó a serlo.

Esta pasión por la docencia choca de lleno con el docente profesional (por llamarlo de alguna forma), con el maestro que ha hecho de su profesión un trabajo remunerado y que lo desarrolla, mejor o peor,  sin la menor vocación.

Igual que tu y que yo, es seguro que cualquiera de mis agradecidos lectores ha tenido alguno de estos profesores no vocacionales. Se les distingue rápidamente, ya que sus argumentos para poner orden, para hacerse respetar, pasan por gritar o mandar copias a justos y pecadores (¡cuántas copias he hecho yo estando calladito por culpa de estos maestros!) o incluso chantajear abusando de que trata a niños de corta edad. Recordarás que antiguamente sumábamos los regletazos o los tirones de patillas, violencia al fin y al cabo.

Estos maestros (y maestras, perdón por el uso continuado del género masculino) siguen estando en las escuelas en muchos casos escudados por una oposición que les hace prácticamente intocables. Y a esas edades hay niños que lo sufren con llantos diarios, que lo sufren con miedo o con el conflicto interior de ver que portarse bien no está bien valorado, ya que igualmente reciben castigo (¿para qué portarme bien si al final me van a castigar?).

Entederás Milagros que antes íbamos más por libre, no había tanto conocimiento,  y el maestro era una especie de gurú intocable que todo lo hacía bien, o al menos eso le hacíamos creer. En la actualidad, cuando los psicólogos (qué me gusta Rocio Ramos-Paul, nuestra SuperNanny) no se cansan de darnos instrucciones para educar correctamente a nuestros hijos algunos docentes siguen mirando a otro lado ocultando sus deficiencias profesionales con gritos, castigos en grupo…

Dime tu (yo no lo sé) como un padre puede pedir a su hijo que no grite a su hermanito cuando eso es lo que ve en clase. ¡Qué dificil Milagros! A veces no te queda más remedio que desautorizar, con la mayor educación posible, al profesor delante de tu hijo… pero eso sin duda también está mal.

No quiero terminar este escrito que tanto me apetecía enviarte sin dedicar un aplauso, un abrazo, un te quiero a todos esos maestros que han pasado por nuestras vidas y que nunca nos han gritado, que han sido ecuánimes en sus premios y en sus castigos, que han sabido embelesarnos con sus historias. Ellos son, junto a nuestros padres, los que han conseguido que hoy seamos lo que somos. Al resto (si, los gritones, castigadores sin causa, etc.), ni los recuerdo ni quiero recordarlos más allá del esfuerzo de no ser como ellos.

Como siempre Milagros, gracias por tu atención y cariño. Hasta la próxima.

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