La familia, las apariencias y la madre que me parió

Os reconozco que llevo meses madurando este artículo que ahora comienzo. Quizás sea por aquello de guardar las apariencias o por falta de tiempo, vete tu a saber.

El primer título que se me ocurrió era muy soez (me gustaba pero no guardaba las apariencias) así que lo fui transformando hasta llegar a este que me parece más educadito. Pero claro, cuanto más lo leía más me daba cuenta que se parecía mucho al tipo de títulos que utiliza mi buen amigo Jean-Marc en las entradas que publica en su (no) blog. ¡No está bien copiarle el estilo! pensé… pero finalmente se lo copié (aquí no guardé las apariencias).

Ya tenía el título y quería comenzar diciendo que a veces encuentras personas en este mundo que no llevan tu sangre pero que el tiempo te hace considerarlas familia incluso con más apego que la propia familia de sangre. Pero ahí choqué con el diccionario de la Real Academia Española que no me deja considerar familia a un amigo (léase lo que dice el diccionario aquí).

A mi el término familia me gusta desmenuzarlo. Está la familia que te dió la vida, tus padres. Si tus padres dieron más vidas, también entonces tus hermanos, con el tiempo tus sobrinos, tus cuñados (yo al menos que me llevo bien con los míos). Luego está la familia que creas cuando te unes a otra persona, te casas, tienes hijos. Según avanzamos esto se complica hasta llegar a un enjambre, no de abejas, sino de personas que difícilmente puedes nombrar. Tía abuela, primo segundo, concuñado… yo algunas no se ni que a que relación se refieren, la verdad.

Es curioso que cuando eres niño ves a la «familia enjambre» de una manera, tu misión es sólo divertirte y si lo consigues el resto no importa. Juegas con primos hermanos, con tíos segundos o incluso con el vecino del cuarto, todo vale. Los mayores son los encargados de decidir prácticamente todo y tu a vivir la vida.

Cuando te haces mayor ya no todo funciona tan bien como antaño. Entran en juego intereses de lo más diverso y aquellos compañeros de juegos se convierten en simples personas que ves en bautizos, bodas y comuniones, y a veces ni eso. El escaqueo (dice el diccionario, escaquear: 3. Coloq. Eludir una tarea u obligación en común), con innecesarias escusas dignas de los doctores en derecho, se convierte en el orden del día. Aquí es donde entran las apariencias, que hacen que nos resistamos a ser sinceros con nosotros mismos y decidamos no ir a esa comunión que no nos apetece absolutamente nada, a la boda de ese primo que casi no recuerdas como se llama o reconocer el escaqueo, que tampoco sería malo hacerlo.

He luchado siempre contra las apariencias incluso manteniéndolas en ocasiones. «Soy como veis que soy» que dice una canción de Miguel Ríos. Si me río contigo es porque quiero hacerlo, si no te contesto al teléfono posiblemente sea porque no quiera hacerlo. ¿Para que mentir, para qué tanta hipocresía? Prefiero que no vengas a la celebración a la que no te he invitado personalmente, prefiero que me quites de tu lista de amigos de Facebook a que me tengas por las apariencias, prefiero que tu sigas tu vida y yo la mía… y Dios en la de todos.

¿Significa esto que rompo con luz y taquígrafos, aquí y ahora, con toda la familia que no sea de primera línea? No, no… claro que no. Tengo la suerte de disfrutar de familia encantadora de segunda y tercera generación, incluso política. A muchos de ellos he podido disfrutarlos más, quizás porque la distancia geográfica se pierde con Internet, desde que llegaron las redes sociales y no me quejo.

Estoy acabando y al final me he pasado casi todo el artículo guardando las apariencias. Hubiese sido más eficaz y sincero haber dado nombres y apellidos… pero aún no puedo hacer eso, aún no.

Y ahora me preguntaréis porque nombro a mi madre en el título. No queráis saberlo todo. Gracias por seguir ahí.

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