Relaciones humanas

Recuerdo una clase de filosofía de 3º de B.U.P. en el Colegio Los Olivos. El profesor era el P. Fermín Fernández Biénzobas que nos decía: «si pongo delante vuestra dos billetes de 5.000 pesestas y os pido que elijáis uno de ellos, no lo haréis al azar. Cogeréis uno de ellos por cualquier razón, por una esquina doblada o por el tono de la tintada pero nunca por azar».

La vida puede estar llena de coincidencias e incluso puede ser como una caja de bombones que diría Forrest Gump en boca de Tom Hanks. Pero también la vida la hacemos nosotros a cada paso que damos, son las relaciones humanas.

Si mi padre no hubiese estudiado en el Colegio San Agustín de Málaga yo posiblemente hubiese hecho un primer párrafo diferente. Si mis padres no se hubiesen confundido en la fecha de matriculación cuando me tocaba empezar la E.G.B. no me hubiesen matriculado en el Colegio El Divino Pastor (no pudo ser en Los Olivos porque ya estaban todas las plazas cubiertas) y los compañeros con los que 28 años después me reencontré no hubiesen sido nunca mis compañeros.

Todos tenemos coincidencias que han definido nuestra vida, pero a este cúmulo de coincidencias hay que añadirle el factor humano. Los seres humanos reaccionamos a nuestra relación con otros semejantes dependiendo de muchos factores diferentes. Además existe la química… hay personas que se entienden con sólo mirarse y otras que no se entienden ni explicándoselo. Siempre he sido un estudioso (por decirlo de alguna forma) de la condición humana pero no os niego que cada vez me siento más apasionado.

Se me vienen a la cabeza muchas personas que han pasado por mi vida pero por una u otra razón (en ocasiones ni hay razón) han pasado a la historia. Unos porque nuestra vidas llevaron rumbos diferentes en una sociedad sin Internet y por tanto sin WhatsApp, Facebook ni correo electrónico. Otras porque un día decidieron (decidí) que no le resultaba interesante nuestra relación por la causa que sea. Y muchas causas más que se escapan a mi razón.

La parte más interesante de la vida supongo que debe ser parecida a la de un buscador de oro. Que después de quitar muchas piedras y objetos sin valor de su tamiz, encuentra ese brillo dorado que tanto deseaba. Y conste que todos quitamos piedras y objetos sin valor buscando nuestras pepitas de oro. Al final el resto no importa, te quedas con lo importante, con las personas que forman parte de tu día a día.

Termino este artículo con un cierto grado de insatisfacción. Me hubiese gustado poner nombre y apellidos de esas personas especiales. Pero no quiero abrir la caja de los truenos… ni falta que hace, ellos saben que lo son. Esa cobardía social sólo me permite para terminar recordar la frase de mi profesor D. Antonio Muñoz, que en paz descanse, que decía: «Al conocido, respeto; Al compañero, comprensión; Al amigo, todo».

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